Sábado 14 de Febrero de 2026

Artrosis de rodilla: el dolor que muchos normalizan y no debería ignorarse

La artrosis de rodilla es una de las causas más frecuentes de dolor y limitación funcional en adultos y adultos mayores. Sin embargo, aún persisten ideas erróneas que pueden retrasar el diagnóstico y empeorar su evolución. Comprender qué es normal y qué no lo es resulta clave para proteger la movilidad y la calidad de vida.

 

Es normal que me duela la rodilla por la edad: ¿cuándo esta creencia es un problema?

 

Si bien es cierto que las articulaciones cambian con los años, el dolor no debe asumirse como algo inevitable o normal. Cuando una persona se acostumbra a vivir con dolor y no consulta, la artrosis puede avanzar silenciosamente durante años.

 

Existen señales de alerta que justifican una valoración médica:

 

Dolor persistente durante semanas o meses

Rigidez al levantarse o después de estar sentado

Inflamación recurrente

Dificultad para caminar, subir escaleras o ponerse en cuclillas

Detectar la artrosis en etapas tempranas permite frenar su progresión, aliviar el dolor y conservar la movilidad. Ignorarla suele traducirse en mayor desgaste, más limitación y tratamientos más complejos en el futuro.

 

¿Por qué dos personas con la “misma artrosis” pueden sentirse tan distinto?

 

La artrosis no es solo lo que se observa en una radiografía. El dolor es una experiencia multifactorial y depende de:

 

La sensibilidad individual al dolor

El grado de inflamación de los tejidos alrededor de la rodilla

La fuerza muscular, especialmente del muslo

El nivel de actividad física

El estado emocional y el estrés

Por ello, una artrosis leve en la imagen puede ser muy dolorosa en una persona, mientras que otra con desgaste avanzado puede tener pocos síntomas. El tratamiento debe basarse en cómo se siente el paciente, no únicamente en los estudios de imagen.

 

El impacto del peso, la pisada y la alineación de las piernas

 

Estos factores influyen de forma decisiva en la evolución de la artrosis:

 

Peso corporal: cada kilo extra multiplica la carga sobre la rodilla al caminar. Bajar de peso reduce dolor y enlentece el desgaste.

Pisada: una pisada inadecuada concentra la carga en zonas específicas de la articulación.

Alineación: piernas arqueadas (“en paréntesis”) o en “X” favorecen el desgaste desigual del cartílago.

Corregir estos aspectos mediante ejercicio, plantillas, calzado adecuado o tratamientos específicos puede marcar una gran diferencia.

 

¿Cuándo los tratamientos conservadores ya no son suficientes?

 

El ejercicio, la fisioterapia, los medicamentos, la pérdida de peso y las infiltraciones suelen ser eficaces en fases iniciales. Sin embargo, es momento de reevaluar el tratamiento cuando:

 

El dolor deja de controlarse

La limitación interfiere con la vida diaria

El sueño se ve afectado

Aparece inseguridad al caminar

Se pierde independencia

Esto no implica cirugía inmediata, pero sí la necesidad de ajustar la estrategia para evitar un mayor deterioro.

 

El papel real de las infiltraciones en la artrosis de rodilla

 

Las infiltraciones no regeneran el cartílago, pero pueden aliviar los síntomas:

 

Corticoides: reducen inflamación y dolor de forma rápida; su efecto suele durar semanas o meses.

Ácido hialurónico: mejora la lubricación articular; el alivio puede prolongarse varios meses.

PRP (plasma rico en plaquetas): puede ayudar en fases tempranas, con resultados variables.

Son tratamientos temporales, pensados para aliviar síntomas y ganar tiempo, no como una solución definitiva.

 

Artrosis, estabilidad y riesgo de caídas

 

Incluso sin dolor intenso, la artrosis puede afectar:

 

La fuerza muscular

La estabilidad de la rodilla

La confianza al caminar

Muchas personas modifican su forma de caminar sin notarlo, aumentando el riesgo de caídas. Por ello, el fortalecimiento muscular y el trabajo de equilibrio son fundamentales, incluso en etapas tempranas.

 

Hábitos diarios que aceleran o frenan el desgaste

 

Pequeños detalles cotidianos pueden influir mucho:

 

Uso de calzado duro, desgastado o sin soporte

Caminar en superficies irregulares

Permanecer mucho tiempo de pie o en cuclillas

Evitar el ejercicio por miedo al dolor

Por el contrario, ayudan:

 

Calzado cómodo y estable

Ejercicio de bajo impacto (caminar, bicicleta, natación)

Fortalecimiento muscular guiado

Buenas posturas y pausas activas

Mitos frecuentes sobre la cirugía de rodilla

Algunas creencias comunes no siempre son ciertas:

 

“Después de operarme no caminaré igual”

“La prótesis dura muy poco”

“Es mejor aguantar hasta que el dolor sea insoportable”

La realidad es que la cirugía bien indicada puede mejorar de forma significativa el dolor, la movilidad y la calidad de vida. Retrasar demasiado la decisión puede dificultar la recuperación por la pérdida de fuerza y funcionalidad.

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