Viernes 6 de Marzo de 2026

Carne importada, productor olvidado

Sonora es ganadería por historia y por vocación. Lo confirman generaciones de productores que convirtieron al norte del país en referente de calidad pecuaria. En 1979, fue pionera en la tecnificación intensiva: corrales de engorda, plantas TIF de sacrificio y procesamiento, clasificación de carne en cortes. Un modelo replicado en todo el país, reconocido durante décadas incluso en los mercados más exigentes de Asia. Hoy ese modelo está fracturado, y lo que parecía una ventaja acumulada enfrenta presiones que ninguna política pública ha atendido con la seriedad que el problema merece.

La ganadería mexicana no enfrenta una crisis coyuntural. Enfrenta una amenaza estructural: apoyos insuficientes, importaciones desmedidas, relajamiento de normas sanitarias y competencia desleal que los pequeños y medianos productores no pueden absorber.

El avance técnico fue real y sostenido. Las plantas TIF establecieron estándares que colocaron a la carne mexicana en mercados internacionales exigentes. Productores del norte invirtieron décadas en genética e infraestructura para ser competitivos. Ese esfuerzo choca hoy con una realidad que no distingue entre quien produce bien y quien importa barato.

El cambio más relevante ocurrió en 2024: Brasil desplazó a todos los proveedores. De 5,000 toneladas en 2023 pasó a 46,000 en 2024, y entre enero y julio de 2025 las importaciones desde ese país sumaban 67,000 toneladas por 365 millones de dólares. Un solo proveedor movió el tablero en menos de dos años, con una velocidad que los mecanismos de protección al productor no estaban preparados para absorber. El Gobierno justificó este giro como estrategia para diversificar la proveeduría externa. Lo que no explicó es cómo protege a quienes financiaron esa calidad durante décadas.

La infestación con gusano barrenador en ganado importado desde Centroamérica y Sudamérica obligó al cierre de la frontera norte para exportar ganado en pie hacia Estados Unidos. Los estados del norte, históricamente ejemplo en sanidad animal, quedaron expuestos; productores que dependían de la exportación perdieron mercado. En 2023, el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (SENASICA) estableció los requisitos para importar carne de Brasil, vinculando apertura comercial con protocolos sanitarios. El problema es que el volumen creció más rápido que la capacidad de inspección. Cuando un proveedor escala de 5,000 a 67,000 toneladas en dos años, los sistemas de control deben escalar al mismo ritmo. No hay evidencia de que eso haya ocurrido.

Lo que el consumidor no sabe

Agua, sal, fosfatos y otros aditivos se inyectan en cortes que se venden como carne fresca. El consumidor paga proteína y recibe agua con sales. La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2021 documenta que el 85% de los adultos mexicanos consume el doble de sal recomendado por la OMS. Un análisis del Instituto Nacional de Salud Pública estima que esta alimentación contribuye a más de 47,000 muertes anuales por enfermedades cardiovasculares. Incorporar sin declararlo carne adicionada con salmuera agrava ese riesgo. La solución no es prohibir la tecnología, sino exigir etiquetado transparente y sanciones cuando no se respeta.

México necesita una política ganadera integral: apoyos diferenciados para pequeños y medianos productores, protocolos sanitarios con capacidad real de verificación, mecanismos de salvaguarda cuando las importaciones comprometan la producción nacional y etiquetado obligatorio para carnes con aditivos.

El debate ya no es si México debe importar carne. La pregunta real es bajo qué condiciones, con qué supervisión y con qué protección para quienes producen aquí. Sonora construyó un modelo que fue referente en México y en el mundo. Ese patrimonio no se recupera con discursos: se recupera con política pública concreta, inversión sostenida y decisiones que antepongan la seguridad alimentaria sobre la conveniencia de corto plazo.

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