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HOMILÍA: No le pongamos límites a Dios
02 de Agosto 2026 | Pbro. Lic. Salvador González Vásquez
En Dios, no existen barreras; Él, es el ser que todo lo puede.
Los límites, los pone el hombre; a Dios y así mismo.
Aunque es sabido, que, para Dios, nada es imposible.
El hombre sufre, cuando se topacon sus limitaciones.
Decía Karl Jaspers: que cuando nos topamos con lo limitado, hay que voltear hacia el ser que es ilimitado.
Pero, nuestro corazón es tan “apocado”, que nos parece imposible alcanzar lo bueno; y le ponemos límites, aún al mismo Dios.
El día que vivamos un amor verdadero, entonces podremos vencer los obstáculos.
Dice San Pablo: “¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias?¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? Ciertamente que de todo esto salimos victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado…”. (Rom.8).
El amor Divino, todo lo vence. Por eso, no hay que temer, ni al enemigo más peligroso, porque en Cristo, podemos salir victoriosos.
Como dijo el Señor: “Basta que tengas fe”.
Esa falta de fe, es el más grande límite.
Y, ese obstáculo, se puso de manifiesto, por parte de los discípulos, el día en que Jesús multiplicó los panes.
Ahí, los discípulos, veían límites, pero el amor de Cristo, miraba posibilidades. Por eso les dijo: “Denles ustedes de comer”.
Dice el Evangelio: “ Ellos contestaron: No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. ( Mt.14).
A pesar, de que el pan era poco, con esa multitud hambrienta, el Señor, pudo saciar el hambre de todos.
Por tanto, cuando algo nos parezca imposible, hay que confiar en Dios, y pensar, que su amor, todo lo vence para nuestro bien.
No le pongamos límites al Señor, porque, para Dios, todo es posible.
Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
Evangelio
Del santo Evangelio según san Mateo: 14,13-21
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como ya se hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren algo de comer”. Pero Jesús les replicó: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto. Tomó los cinco panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente. Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar a las mujeres y a los niños.