Viernes 3 de Abril de 2026

Entre sacrificio y memoria: la representación de la Última Cena reafirma la fe en San Juan de Guadalupe

San Luis Potosí, SLP.- El barrio de San Juan de Guadalupe volvió a convertirse en escenario de una de las expresiones más intensas de la Semana Santa, donde la representación de la Última Cena no solo marcó el inicio del recorrido simbólico de la Pasión, sino que evidenció el peso humano detrás de cada personaje.

 

Lejos de tratarse únicamente de una escenificación tradicional, lo que ocurrió dejó ver el nivel de compromiso que existe entre quienes participan, especialmente en el papel central de Jesús, interpretado nuevamente por Miguel Ángel Sábalo Pérez, quien asumió el reto por tercera ocasión. Sin embargo, más que una repetición, su participación reflejó una evolución personal.

 

Su presencia en escena no sólo respondió a una elección organizativa, sino a un proceso de constancia que inició meses atrás, cuando decidió integrarse a los ensayos con la intención de ganarse el papel. La disciplina mostrada fue determinante para que se le confiara nuevamente una figura que exige más que actuación.

 

La puesta en escena permitió observar el equilibrio entre lo teatral y lo espiritual. Cada gesto, cada diálogo y cada silencio estuvieron cargados de significado, pero también de desgaste físico y emocional, particularmente para quien encarna al Nazareno.

 

Detrás del personaje hay una preparación que no se limita al libreto. Implica resistencia física para enfrentar las exigencias de la puesta en escena, pero también una carga emocional que se hace evidente en momentos clave, como la interacción con la figura de la Virgen María, una escena que, según ha compartido el propio actor en otras ocasiones, conecta directamente con experiencias personales profundas.

 

Esa conexión se tradujo en una interpretación que logró resonar con el público, no por su perfección escénica, sino por su autenticidad. La reacción de los asistentes, marcada por el silencio, la contemplación y la emoción, confirmó que la representación sigue siendo un espacio donde la fe se vive de manera colectiva.

 

Además, la jornada dejó en evidencia los sacrificios que implica sostener esta tradición. Desde permisos laborales hasta ajustes en la vida cotidiana, quienes participan lo hacen sin retribución económica, movidos por una convicción que trasciende lo cultural.

 

Con cerca de 80 personas involucradas, entre actores y equipo de apoyo, la representación de ayer no solo reafirmó una tradición, sino que mostró cómo esta práctica continúa construyéndose desde el esfuerzo comunitario.

 

Más allá del simbolismo religioso, lo ocurrido en San Juan de Guadalupe evidenció que estas representaciones siguen siendo un reflejo de valores como la empatía, la entrega y la memoria, elementos que, ayer, quedaron plasmados en cada escena de la Última Cena.

 

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